En pleno centro porteño, una vidriera oscura con un manequín plateado que gira, dos mesas de pool vacías y preparadas para jugar. Detrás de unos cortinados pesados se abre otro mundo. Un bar-restaurant atendido por chicas semidesnudas y con el condimento de shows eróticos en un escenario en el que resalta un caño llegado tras el tsunami de Marcelo Tinelli y su Bailando por un sueño.
El bar Pelvis, que abrió sus puertas en plena crisis del 2001, soportó varias mudanzas y ahora está ubicado en Sarmiento y Callao. El grupo de chicas en tanga -las mozas del lugar- toman los pedidos y reparten por las mesas desde milanesas con papa fritas y postre vigilante (queso y dulce de batata) hasta tragos para hacer la digestión. Para entretenimiento de los clientes, sube un pequeño pedestal una escultural morocha que se contonea al ritmo de la música de Nueve semanas y media. Un show demasiado obvio.
El local es oscuro y con mesas de caño. La música suena fuerte y giran bolas de espejos que cuelgan del techo, pero una única bailarina entretiene al público montada en sus sensuales movimientos sobre el caño. Según sus encargados, el bar-restaurante trabaja con un 75% de sus mesas ocupadas, desde pasado el mediodía hasta la madrugada.
Durante la tarde se sirve café y alguna cerveza. A la hora de la cena son muchos los hombres que se acercan para sentirse agasajados por las mujeres, mientras cenan. Se ve pasar a Solange, una morocha altísima con un flan mixto en la mano y la comanda enganchada en la tanga. Se acerca a un hombre gordo de camisa blanca, le sirve el postre y se deja acariciar la mano sin pudor.
"En general los clientes no se sobrepasan le confiesa Solange a Terra-. Tratamos de que la pasen bien por un rato, charlamos y alguna caricia, pero nada más. Ante cualquier problema la seguridad del boliche actúa.
La noche del viernes en que Terra visita el local transcurre en calma. En una esquina, un grupo de amigos festeja una despedida de soltera. La novia, muy joven, luce disfrazada de Caperucita. Para las clientas, en Pelvis sólo hay dos varones musculosos con el torso desnudo que se lucen detrás de la barra, vestidos únicamente con breves mallas ajustadas a sus caderas.
También detrás de la barra de tragos, una rubia audaz se desplaza en ropa interior y camina consciente de que la siguen miradas masculinas. Se llama Mili y, a partir de las 22, trabaja de camarera con el siguiente sistema: recibe a los clientes con un beso de bienvenida en la mejilla, pone el azúcar en el café y se despide de ellos con otro beso.
Eso es todo, nada de salidas fuera del local ni "propuestas indecentes". Ella es una de las intérpretes del servicio aparte que significa ir a tomar algo en ese lugar: agregarle un poco de sensual picardía -y fantasía- a la rutina de salir a tomarse un cafecito.
"Es divertido que en lugar de recibirte así nomás, te atiendan cariñosamente, y todo por el mismo precio -destaca entusiasmado Germán, de treinta y pico, y habitué de este erótico bar de la city-. Con estas chicas, uno se olvida del riesgo país, del conflicto del campo y de todos los problemas por un rato", remata, mientras Mili le sirve otra vuelta de café.
La noche se apaga y las mozas van y vienen desde el fondo en busca de los últimos postres o cervezas, detrás de un cortinado pesado y oscuro. Quedan pocos hombres en las mesas. Más tranquila, Solange cuenta que "es un trabajo como cualquier otro, sólo cambia el uniforme para atender las mesas. Un color en el crisol del panorama del nuevo Buenos Aires "caliente".
Terra
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