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Otras coberturas | Buenos Aires, 25 de noviembre de 2004 - 17:02 hs. Última actualización 15:42 El último gran ídolo de multitudes del tango El cantor uruguayo logró cosechar éxito absoluto en tiempos de crisis para el tango. Dueño de gran caudal de voz, revitalizó tangos en plenos años 60. Hace cuatro décadas, Sosa se mató en un accidente de autos. La prueba está a la vista: en los viejos programas que transmite el canal Volver se pueden ver cada tanto las actuaciones de Julio Sosa para la televisión de los primeros años 60, un medio en el cual el tango nunca se sintió a gusto y que pocas veces logró domar. El contraste es notable: al Varón del Tango le sienta perfecta la pantalla chica. Lo más curioso es como este hombre, de quien el viernes 26 se cumplen 40 años de su muerte, logró concitar la atención de una juventud que a paso firme y acelerado huía del tango, la música vieja, hacia la novedosa música beat y ese huracán de éxitos efímeros que fue la Nueva Ola. Buena parte de este camino generacional que se bifurcaba -y que durante años fue una suerte de antagonismo musical sin sentido- quedó anticipado en la película Buenas noches, Buenos Aires, en la que Julio Sosa baila con Beba Bidart El firulete ante la desafiante juventud nuevaolera que finalmente danza tango. No sucedía lo mismo afuera del cine. A pesar de eso, y gracias a su capacidad para dramatizar el tango, un gran caudal interpretativo -con pocos matices- y una muy buena selección de tangos, Julio Sosa devino en ídolo popular, seguramente el último que a nivel multitudinario ha generado el tango hasta el día de hoy. De origen humilde, el verdadero nombre de Julio Sosa era Julio María Sosa Venturini y había nacido en el departamento uruguayo de Canelones el 2 de febrero de 1926. En su camino profesional hasta Buenos Aires, pasó antes por las ciudades de La Paz y Montevideo, siempre con el tango de por medio. Entre fines de la década del 40 y toda la del 50 fue una de las voces que integró la rica cantera de los cantores de orquesta, primero con Francini-Pontier, luego tentado por Francisco Rotundo y nuevamente con Armando Pontier. Dejó registros que el tiempo le dio el sello de clásicos. Un buen número de sus canciones se nutrieron del repertorio gardeliano (Mano a Mano, Sus ojos se cerraron, Soledad y Volvió una noche) pero también se probó con el lunfardo y hasta con el cancionero humorístico (Martingala, Justo el 31 y Otario que andás penando), imponiendo nuevas versiones de tangos ya consagrados, como es el caso de Cambalache. Cuando ya como solista su carrera apuntaba a una masividad sin par un accidente truncó tempranamente su vida. El bandoneonista Leopoldo Federico, que lo acompañó junto a una orquesta en sus últimos tiempos, comentó hace poco que quiere rearmar el conjunto y tocar con esos mismos arreglos. Julio Sosa fue venerado en tiempos de enorme crisis del tango y lo consiguió sin correrse hacia los bordes del género. Su postura lacrimógena fue emulada y exagerada tras su muerte por una corte de cantantes que llevó el vibrato y la teatralización hasta las últimas consecuencias: los clichés y el olor a naftalina. Es que su trágica muerte a bordo de su coche cuando apenas tenía 38 años provocó tal desazón que el velorio terminó como una gran congregación de miles de fans en el Luna Park. Sin embargo, para los que intentaron continuar el exitoso camino trazado por Sosa, la fama pareció cortarse con la propia vida del Varón del Tango. Terra / Andrés Casak. Comentarios publicados | ![]() Del 8 de Enero al 14 de Enero
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