Es difícil estar solo en Egipto: hay tantos habitantes en sus calles que apurarse para llegar a alguna parte es una quimera sin solución. Siempre hay tránsito pesado, transportes de tracción a sangre y vendedores ambulantes cerrándote el paso. Es un destino tan rico que muchos recomiendan estudiar un poco antes de ir, porque si no corrés el riesgo de pasar por alto los sitios más atractivos.
A Egipto no lo terminás de conocer ni aunque dispongas de todo el tiempo del mundo. Todos sus templos y mezquitas cobran sentido cuando te das cuenta de la intrincada genealogía de los faraones, y de la manera de ver la vida que tienen los árabes, con un supremo respeto por las tradiciones.
En cambio en Israel, el país con el que limita al noreste, la sensación es absolutamente distinta. En primer lugar, así como Israel fue escenario de las más antiguas historias bíblicas y posee muchos paisajes que permanecen iguales que en tiempos precristianos, sus ciudades no paran de crecer. Tel Aviv y Haifa parecen metrópolis del futuro: alegres, funcionales, modernas, completas, con paseos de compra elegantísimos, bares tentadores, discotecas futuristas y restaurantes sofisticados.
Al contrario de lo que pasa con Egipto, los lujos israelitas no están solamente para ser disfrutados por el turista, sino por toda la población. Por otra parte, el fabuloso sistema de explotación agraria en los kibbutz, donde estudiantes de todo el mundo se dedican a cosechar pomelos y naranjas en un ambiente de hermandad, contrasta con los shoppings ultramodernos que hay a cada paso.
Los habitantes de Israel conforman un pueblo que vino de todas partes del globo, y que convirtió al desierto en un huerto de altísimo rendimiento. Con el tiempo se erigieron metrópolis modernísimas en donde se encuentran las mejores vestimentas y artículos importados de todo el mundo. Egipto, por su parte, está formado por un pueblo que siempre estuvo allí, que explota el rico limo del Nilo, igual que hace 5000 años atrás.
Ana von Rebeur / Asatej