Extendiéndose entre Angola, Sudáfrica, Botswana y el Océano Atlántico, Namibia se independizó recién en 1988. Con la economía local hecha pedazos, al país no le quedó otra opción que la de incentivar su economía explotando lo mejor que tenía para ofrecer al mundo: sus impresionantes paisajes primigenios.
Sus alucinantes desiertos, reservas de antílopes y elefantes y sus praderas sin alambrados se convirtieron, de la noche a la mañana, en la primera fuente de ingresos; generaron empleos en el país en donde nunca llueve, y en donde es raro encontrar alguno de sus pobladores aborígenes. Los ovambo, los damara, los herero, los dama, los khoikhoi y los san sobreviven en el desierto a fuerza de conformarse con muy poco.
La capital de Namibia es Windhoek, donde hay un amplio menú de hoteles cinco estrellas para elegir. Lo llamativo es que en una capital de un país negro, todos los habitantes son rubios, descendientes de colonos alemanes.
En el tour íbamos un grupo de argentinos y un guía español. Desde Windhoek viajamos, en una camioneta gigante y ronroneante, unas 4 horas hasta llegar a Solitaire, un nombre muy apropiado para un sitio en medio de la nada.
Siguiendo unas tres horas hacia el sur llegamos a Sesriem. Al ver el campamento donde pasaríamos la noche, nos pareció un oasis. Era la puerta de entrada del Manib Naukluft Park, donde se divide el paisaje en desierto puro (todas dunas de arena) y en una parte pedregosa, salpicada por árboles extrañísimos. Al llegar fuimos a conocer el Cañón de Sesriem, pequeño y hermoso producto de la erosión milenaria.
Ana von Rebeur / Asatej