Jacinto
apuró el último sorbo de café que contenía la taza, chupó
furiosamente su cigarro, y luego púsose a contarme la
siguiente historia:
I
Conviértete en Dios y dale a un hombre todo el talento
y la fortuna posibles en este mundo.
De seguro que se alegrará mucho; pero la tal alegría no
será ni un trasunto pálido de lo que sentiría si por navidad
le cayesen en bolsillo 50.000 duros envueltos en un billete
de lotería.
Es preciso haber experimentado tal sorpresa para comprender
gozo que uno siente al encontrarse de pronto con un millón
y pasar de la categoría de perdido a la de millonario,
aunque nada más sea en singular.
¡Ay, amigo mío! Yo me estremezco todavía cuando recuerdo
lo que experimenté al ver que era poseedor de una parte
decimal del premio gordo.
Aquello significaba tanto para mí como para el náufrago
que, montado en un madero, distingue entre las brumas
la cercana costa.
Después de la abstinencia, la hartura.
Luego de los frecuentes ratos de melancolía, la alegre
existencia del hombre que, siendo joven, tiene mucho dinero.
Aquel billete premiado ostentaba para mí, escrito en caracteres
visibles, un nuevo método de vida.
Abandono completo de la mísera casa de huéspedes, con
su catre desvencijado y sus comidas sucias y estrambóticas.
Renuncia de la vida aventurera y bohemia. Abstención de
dar sablazos a nadie. Y, sobre todo, casarme con mi Gabriela,
con aquel ángel de luz a quien debía el ser poseedor de
la tal cantidad.
Ella me había sugerido la idea de comprar el décimo ahora
premiado y a sus muchos rosarios rezados por la noche
en la cama, a hurtadillas de la mamá, debía sin duda los
favores de la fortuna, tan pródiga para conmigo.
Ni un solo instante se me ocurrió el olvidarla al encontrarme
millonario.
"Amigo mío -me dije-: Gabriela es una pobre chica que
te ha querido siendo tú un muchacho de vida poco ejemplar.
Nada más justo que darle tu mano ahora que eres rico y
puedes hacer su felicidad".
Y fui corriendo a casa de mi novia para participarle la
noticia.
Hubo lo que era de esperar al conocerla junto con mi demanda
matrimonial.
Desmayo de la niña, lágrimas de la mamá, abrazos del padre,
y después sonrisas cariñosas de todos, y en especial de
Gabriela.
Pobre chica! En toda su vida gozó tanta felicidad como
en aquel instante. Yo tampoco creo haberme encontrado
nunca tan alegre, y...
Vamos, me falta poco para llorar cuando recuerdo aquel
momento.